Largas pañoletas cuelgan de un micrófono. De repente, un flashback. Mi habitación de adolescente. Peluches por doquier, ropa por doquier, revistas por doquier. Y frente a mi cama, una batería rojo cereza. Destruyo impaciente el celofán de un disco que en la portada muestra el piercing en la teta de una vaca y el tatuaje de la banda que en un momento saldrá para escuchar y ver lo que debí haber escuchado y visto hace 13 años. Era mi primer año en la secundaria y MTV estaba en la televisión y en mi cabeza todo el tiempo, a toda hora. Una, dos, tres de la madrugada (he vivido en permanente insomnio). No podía perder un segundo de aquel desfile multicromático, bizarrísimo, adictivo de Nirvana, los Smashing, Pearl Jam, Soundgarden, REM. Y de todos ellos, ninguno. No como Cryin’. Sí, es el Aerosmith fresa. Pero a los doce años supe cómo era una mujer chingona. Te roban la bolsa, los persigues hasta que caen al suelo. Te engañan, los sacas de tu coche con una patada en el trasero, te haces un piercing en el ombligo y les haces creer que te avientas del puente más alto de Los Ángeles, y colgada de un arnés, bueno, les dices con el dedo “fuck off and die”.
Y ahí está él. Su inmensa boca canta la misma canción de la que memoricé religiosamente cada golpe de batería, cada sonido de la guitarra de Perry y cada estrofa, aún sin saber exactamente su significado. El cuerpo viejo de Steven Tyler se retuerce, a sólo 30 metros de mi, con el mismo vigor que lo hacía desde que Aerosmith era sólo una fantasía bostoniana.
Canto con él y con diez mil personas más. Brazos que se estiran para alcanzar un pedazo del aire y la noche que hoy comparten. Gritos esporádicos de incredulidad. Llamadas de amor, te la dedico, güey, te extraño, escucha, que es la última vez que marco tu número. Otra vez, canto recostada en mi cuarto. Repeat una, otra, otra. Hasta cantar con él sin el apoyo del bucklet. La armónica suena y llora. Mis entrañas se estremecen en dos tiempos paralelos. Ayer y hoy. La historia que se repite por una canción.
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De él, sólo el recuerdo. Brevísimos encuentros. Una noche que se convirtió en todas, aún en su ausencia. Desde entonces, las dudas todas. Cómo sabrá el vino en su copa, la caligrafía de su llanto, cómo abrazará la almohada. Espero embriagada en las notas del piano. Persigo recuerdos al azar. Voy detrás de ellos sobre calles de nostalgia. Retazos de felicidad en papel maché. Una conversación fragmentada y defragmentada, a la que he inventado tesis, antítesis y síntesis para que el filósofo en turno la despedace. Te amo como al póster de la celebridad que recuerdo haber conservado en la pared, a mis 13, cuando aún le creía al rosa sin saber que el amarillo era mi destino.
Thinking about you, Radiohead
Been thinking about you, and there’s no rest
Shit, I still love you, still see you in bed
But I’m playing with myself, and what do you care
When the other men are far, far better.