son las 3 de la madrugada. ni siquiera intento dormir. si cerrara mi moleskine, si apagara la computadora, la música, la luz, nada. me asomo al msn. las mismas personas, las mismas preguntas (qué haces despierta?, no tienes sueño?, ya duérmete). comienzo a resentir el cansancio pero aún no es suficiente. me gusta pensar que las ideas fluyen mejor así pero lo cierto es que hay placeres que sólo se disfrutan en estos momentos. la perfecta soledad. la intensidad de sigur ros, las cortinas abiertas para ver un árbol de jacaranda iluminado por un lejano reflector, la lluvia, o con suerte, la luna. la noche es mi refugio en una casa que cada vez siento menos mía. no hay voces incómodas ni reclamos paternos absurdos. david lynch sin interrupciones. el cereal sabe mejor. la soledad y la música de ese playlist que me recuerda a él. el que escucho y, de nuevo, el piano, y guanajuato, y esa última noche de julio. es bueno estar de vuelta.
pd. a veces pienso que algo está mal conmigo. ¿por qué mi insistencia en resistir despierta hasta el último momento de lucidez, cuando un tenue dolor de cabeza es la alarma que me recuerda que al día siguiente sufriré los estragos del insomnio? debería hacer caso a mi padre. levantarme temprano y no sé, hacer ejercicio o algo. hacerme de “buenos hábitos”. pero las mañanas son muy frías y prefiero mi cama.
Los primeros posts no serán originales. Rescataré algunos del archivo de myspace antes de que R. Murdoch se apodere completamente de ellos… Este es especial:
25 años es un número extraño. Una fecha redonda, de esas que escuchamos en los aniversarios de cualquier cosa.
Un cuarto de siglo.
No sé si sea una idea predeterminada, programada desde hace no sé cuánto tiempo ni por qué, pero cumplir 25 años fue para mi como llegar a un motel de paso. Las personas solemos marcarnos límites, plazos y metas con fecha de caducidad. En mi caso, ya me veía en depa de soltera, maestría terminada y con la patagonia por conocer. O mínimo una de las tres.Y de repente, ¡bang! Colisionamos contra esos plazos y el diagnóstico es incierto.
La idea del éxito nos acosa a cada momento. En la introspección y la cotidianeidad. Cuando vemos en el espejo nuestro rostro matutino, después de una noche de insomnio (o peor, de una borrachera); cuando abrimos el estado de cuenta de la tarjeta que no podemos terminar de pagar; cuando caminamos hacia nuestro trabajo estúpidamente mal pagado. Tal como podría sentirse un niño perseguido por una maestra con regla en mano, diciendo que resuelva una ecuación imposible.
Las respuestas son estériles. Cual llanos rulfianos. Y puede ser que de vez en vez encontremos momentos de aparente lucidez, pero a diferencia de Newton, nuestra manzana es sólo una certeza momentánea. Parece ser que sólo hay una edad para el situacionismo. Me absorbió el amargo existencialismo, con eso de la responsabilidad del ser humano, la elección del individuo y otros rollos kierkegaardescos (o sea, de Kierkegaard).
Pregunta: ¿Cómo me sentiré a los treinta?
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comienzo este blog con titubeos. no muy segura de qué decir. qué tanto decir. sucumbo ante el encanto de exhibicionismo, ¿qué más podría ser? el juego de ver y ser visto. en fin. comenzamos.