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Mi más reciente obsesíón, una y otra vez:
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La primera página; un golpe de sádica melancolía. La primera página y los recuerdos (el más triste de todos). La primera página, mi historia.
“Una vulgar noche de sábado acabó contigo. Moriste de manera estúpida y violenta, y no tuviste los medios para defender tu vida.
Tu huida a la seguridad fue un breve respiro. Me llevaste a ru escondite como un amuleto de la buena suerte. Te fallé como talismán; por eso, ahora me presento como tu testigo.
Tu muerte define mi vida. Quiero encontrar el amor que nunca tuvimos y explicarlo en tu nombre.
Quiero hacer públicos tus secretos. Quiero borrar la distancia que nos separa.
Quiero darte aliento.”
James Ellroy
Hoy cumple años. No sé cuantos, la verdad es que ni su misma madre lo recuerda. Imagino cómo fue. Toda la música (6 ó 7 horas de mariachi), toda la comida (sí, esperaban a más gente), todo el alcohol (whisky para los amigos, cognac para él). Y los amigos. Los “amigos”, aquellos por los que gusta presumir, aparentar, divertir. Casi como obligación. Por todo lo que no tuvo y ahora se esfuerza por demostrar. Pequeño nuevo burgués. Hablará, cantará, abrazará y besará. Con una rubia junto a él a la que le dobla la edad. Se le ve feliz. Ellos, los invitados, seguirán su juego, lo creerán por un momento. Y la noche será su pretexto para decir adiós. Y él intentará detenerlos y lo logrará por momentos. Sus hijos resongan, entre ellos lo critican y evitan estar cerca de él y de sus excesos y de su patético quererquedarbien. Los manda llamar y ellos lo harán con la determinación de un cabo. Me gustaría saber qué pensaste al apagar las velas (tuviste velas qué apagar?), desearte todo, un abrazo y un beso. Pero aún no veo tu número en la pantalla cuando suena mi teléfono. Tres meses y de ti sólo la ausencia. ¿Cuánto gastaste esta vez, padre? No importa. Aún no existen cheques que te eviten esas lágrimas al amanecer.

